En los albores del hombre

Como cada amanecer, las radiaciones que dimanaban del astro rey habían rescatado a Skerch de sus turbulentas ensoñaciones. Se incorporó y abandonó la cueva en la que habitaba con sus compañeros, para encaramarse a uno de los salientes de roca. A los pies del homínido, la escarpada ladera de la montaña desembocaba en una llanura, que atravesaba un pequeño y silencioso riachuelo.
Empezó a otear el horizonte, examinando cada detalle, cada uno de los colores y formas que podía ver en la letanía; como si algo, en lo más profundo de su ser, le empujara a avanzar hacia allí, hacia donde nadie hubiera llegado nunca. Atrás quedaron, las diferentes etapas evolutivas de aquel singular animal, el único mamífero de postura erecta, que un millón y medio de años después se conocería como hombre.
Skerch superaba ligeramente el metro y medio de estatura, y con ello era con diferencia, el más alto de su tribu. Además, había alguna diferencia física entre él y sus compañeros, tenía la frente ligeramente deprimida y sus oscuros ojos albergaban ya la chispa de la comprensión; el principio básico de toda forma de inteligencia. Con él, la naturaleza había dado un paso más en el camino de la evolución que convertiría al mono en hombre.
Comenzó a descender la montaña, junto con otros homínidos, en busca del agua del riachuelo que calmaría la sed matinal. Era época de sequía, pero no se esperaban lo que encontraron allí: no había agua suficiente como para poderla beber, apenas se apreciaba la silueta del riachuelo que mantenía a duras penas la humedad en su cauce. Uno de los más jóvenes, lanzó al aire un gruñido de desesperación, que resumía las largas jornadas de casi inanición y sed continuadas. Resignados, comenzaron a recolectar algunos frutos por la zona.
Tras algunas horas de actividad, y una escasa comida, descansaron hasta que el Sol empezó a abandonar el cielo para esconderse tras la montaña. La Luna, su compañera nocturna, empezaba a asomarse, con lo que los antropoides volvieron a las cuevas para pasar la noche a cobijo. Acababa un rutinario día en el valle y también la vida de algunos de los más débiles y subalimentados.
Fueron sucediéndose las lunas y con ellas, el grupo fue menguando en número. El hambre y la sed, se mostraban implacables con aquella especie que luchaba día a día por la supervivencia.
Un día sombrío, Skerch contemplaba con detenimiento a un grupo de cerdos salvajes que acababan de hacer su aparición en el valle que husmeaban los arbustos en busca de alimento. Algún resorte se activó en su interior, lentamente, su brazo se estiró para coger un guijarro de talla irregular que había a sus pies. Comenzó a manosearlo, con insistencia hasta que se cortó accidentalmente y emitió un gruñido ahogado, dejando caer la piedra al suelo. De su mano, brotó un hilillo de sangre que pronto cubrió toda la palma de su mano.
Volvió a recoger el guijarro del suelo y algo ocurrió… Tuvo la visión de uno de aquellos cerdos, se vio a sí mismo clavándole, una y otra vez aquel guijarro. Probablemente, aquello supuso la primera asociación de ideas que tuviera el antecesor humano, el primer razonamiento lógico que abría una nueva senda en el proceso evolutivo. Sin soltar su nueva arma, se deslizo con la habilidad heredada de sus antepasados arbóreos y con sumo sigilo, fue acercándose al grupo de cerdos, ocultándose tras los arbustos de mayor tamaño para no ser visto y no alertar a su presa, uno de los más grandes ejemplares.
Aunque el ataque fue rápido, los gritos del animal, ahuyentaron al resto de la manada que se disperso. Skerch, no cesó en sus acometidas hasta que el animal se desplomó, inerte, bañado en sangre. Al terminar, miró hacia el cielo y gruñó con satisfacción por la hazaña lograda. Aquella ruidosa escena, despertó la curiosidad del resto de primates, que no tardaron en acercarse a su compañero, pero a una distancia prudencial.
Una de las hembras, empezó a dar vueltas a su alrededor, acariciándolo y mirándolo con admiración. Poco después, la hembra se acercó al cuerpo inerte del animal y empezó a lamer su sangre. Tras ella se fueron sumando otros, incluso el propio Skerch. Empezaron a descuartizarlo, y ayudándose con las manos empezaron a hacer pedazos su carne. Con ciertas dificultades, por la carencia de unos incisivos que les permitieran desgarrarlos y unos molares para triturarlos, empezaron a llenar unos estómagos que hacía tiempo que no saciaban su hambre en condiciones. Tras algunas horas agotados por los esfuerzos de la nueva práctica, cayeron rendidos de sueño.
Skerch, el homínido más evolucionado de la tribu del valle, llevaba ya en sus genes, la semilla del ser humano. Tras la hazaña, fue bautizado como: El Cazador, y lo convirtieron en el nuevo líder, al que admirarían los más pequeños y seguirían los mayores. Su nombre, desde aquel día, pasó de padres a hijos y con él, su leyenda perduró en el tiempo.
By JH

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